La pizarra en blanco

¿Te vienes conmigo a cambiar el mundo o vas a seguir vendiendo agua azucarada toda tu vida?

                                                                                     I

El reloj proyectó la hora en el techo con sus cifras retro imitando los antiguos display LED pero en un color azul vivo. Las 6:00 AM. La radio empezó su letanía y el locutor sobreexcitado comentaba desaforadamente su interpretación de los últimos hechos según como de bien o mal les hubiera ido con respecto a ellos a sus anunciantes. La mano de Mara empezó a palpar por la mesilla de manera frenética y tras tirar el termo de agua y el lector de libros electrónico, terminó dando con ellas. Era inaudito lo indefensa que se sentía sin sus gafas.

Una vez recuperada la visión, se levantó con aire amodorrado para coger su ropa de deporte y se dirigió hacia la bicicleta estática que le estaba esperando. Una bicicleta vieja, recuerdo de la pandemia del 2020 y de las prisas por pillar algo en Decathlon para justificar el hecho de que íbamos a estar comiendo Cheetos y dando una tunda al sofá una buena temporada.  Las primeras pedaladas las dio en un estado de semiinconsciencia, pero a medida que la sangre terminaba de aflorar a los miembros entumecidos, la conciencia se fue abriendo paso en su cerebro.

El Palacio de la Moncloa nunca había sido un sitio agradable para vivir y menos para una mujer sola. Era un edificio viejo, ominoso, lleno de recuerdos de una manera vetusta de entender la vida, casposete. Siempre había pensado que era completamente absurdo obligarla a vivir allí, pero que si la tradición, que si las normas… La burocracia siempre le había reventado las pelotas, y era increíble la energía que tenía que emplear solamente en gestionarla de manera amable. La mayor parte de las veces, a esas horas de la mañana, Mara se dedicaba a jugar a algún juego facilón en su iPhone XVII. Desde que tenía uso de razón, y fundamentalmente desde que dejó de ser una discapacitada tecnológica allá por sus años en la Facultad, había odiado Apple con toda su alma, pero el smartphone era parte del equipo estándar del presidente del Gobierno. Otro holocausto consumido en el altar de la estupidez y la burocracia. Pero aquella mañana era diferente. 

Aquella mañana estaba dándole vueltas a la reunión del día anterior y sobre todo a cómo le irritaban todavía ciertos patrones y actitudes. Llevaba ya unos meses en la presidencia del Gobierno, y entendía perfectamente que, en lo referente a cultura corporativa, los cambios fuesen graduales, pero le maravillaba la increíble cantidad de tiempo que la gente dedicaba a inanidades o a proteger el Statu Quo. La reunión de ayer había tomado un giro violento en un momento dado. No recordaba exactamente la causa, pero sí recordaba perfectamente el intercambio que se produjo en el momento álgido de la discusión:

—Eso alienará a nuestros votantes de izquierda —sentenció el portavoz.

—El que quiera religión o ideología, que la practique en su casa en la intimidad —le contestó la de economía con agresividad. 

Ella se preciaba de tener un autocontrol férreo, pero la longitud de la reunión y la impermeabilidad del equipo con el que tenía que lidiar para abordar escenarios que realmente movieran la aguja, junto a la mala noche de sueño, habían hecho caer sus barreras de defensa naturales. El tiempo que se perdía en toda una serie de minués absurdos para mantener contentos a los parroquianos en lugar de abordar las problemáticas reales era demencial. 

Mara casi siempre la terminaba emprendiendo con alguno de los “spin doctors” que estaban al servicio de algún cargo del comité central o algún barón autonómico, y que habían controlado el partido hasta su llegada. Al principio se reían de su presencia de cervatillo gafotas empollona, pero rápidamente entendieron que el aparato del partido le había entregado las llaves de la moto en serio. Al poco tiempo de su nombramiento el sentimiento de los spin doctors fue de incredulidad y negación. Pero ahora ya habían llegado a la fase de hostilidad, al igual que un animal carnívoro se vuelve territorial ante un potencial enemigo que va a quitarle la comida de la boca. La actitud pasivo-agresiva de los personajes le sacaba de sus casillas. Había quedado claro con lo de la central nuclear. No, en realidad lo que la alteraba sobremanera era darse cuenta de que no entendían nada de lo que estaba haciendo ni por qué lo hacía. Eran simplemente nostálgicos de cómo funcionaban las cosas antes, donde el control de la narrativa era lo importante y no el intentar trazar estrategias efectivas para resolver los problemas que afectaban a la comunidad.  No es que ella no fuera consciente de que la realidad es irrelevante, y que todo es percepción. Era esa obstinación en ignorar la raíz, la res ultima, las causas complejas para centrarse en el control de la narrativa. Era completamente consciente también de que los perros ladran, los búhos ululan y los “spin doctors” spindoctorean. No acudas a por agua a los cactus ni busques soluciones donde no las hay.  Pero aún así, estaba irritada. La estupidez siempre la irritó, y la estupidez extrema le irritaba de manera extrema. La inanidad, por el contrario, la anestesiaba. Esa mezcla de sopor e irritación le había hecho saltar. Pero no le gustaba saltar, sabía que en cuanto entran las emociones en la ecuación, el raciocinio sale por la ventana. 

Desde luego, prefería los gabinetes de crisis a las reuniones de estrategia. Ahí activaba su gabinete de expertos en complejidad, y aunque la naturaleza de los desafíos que se ponían encima de la mesa era terrible, alguno de ellos teóricamente irresolubles, el ambiente era completamente diferente. Las ideas fluían, los escenarios eran considerados, los intercambios eran constructivos, y aunque de vez en cuando alguien hiperventilaba por la tensión de actuar contrarreloj, siempre era en aras de mejorar la propuesta; de hecho, en ocasiones había flashes de genialidad que hacían válidas las veinte horas seguidas que pasaban allí discutiendo las decisiones y sus implicaciones entre sodas y sándwiches de Rodilla. Allí no había meadas territoriales, posturas ideológicas absurdas, actos de fe, ni calculados retorcimientos de la realidad. Allí había un montón de talento dispar orquestado a la búsqueda de una solución donde antes no había ninguna.  La primera crisis con la que le tocó lidiar surgió en forma de agujero negro en mitad del Atlántico. Lo recuerda muy bien.

El especialista en simulación predictiva marina, un tipo desaliñado de mirada incisiva y cálida al mismo tiempo resumió la situación: 

—Lo que está pasando es algo totalmente imprevisible como era de prever (risas generalizadas). El temporal es incontrolable. Los sistemas de medición oceánica detectan una enorme entrada de aguas atlánticas en el mar balear. Nuestros equipos de simulación numérica no dan abasto pero no han conseguido predecir la formación del remolino gigante de 200 km de diámetro en el océano. Lo que demuestra que funcionan perfectamente y no se salen nunca de lo predecible (más risas). La alerta la ha dado un barco pesquero. Luego hemos sabido que ayer había aparecido un polvo de fitoplancton extraño en las costas gallegas desde hacía unas horas. Los pescadores dicen que el borde del remolino brillaba como una estrella.

—¿Y qué más dicen los pescadores, preguntó Mara?

—Que les ha salvado la Virgen del Carmen. Necesitamos protección de urgencia en toda la costa. Es imposible calcular los efectos.

Y las cosas se ponían en marcha rápidamente. Punto pelota. No había tiempo para distracciones ni puyitas por la espalda. El gabinete sabía mover la cintura y no jugaba al lanzamiento de cuchillos. Su coeficiente intelectual medio les sobraba para saber que ese tipo de fenómenos complejos son imposibles de predecir. 

Sin embargo, la gestión de las trivialidades era la sombra donde vivían los vampiros de la idiocia. Las ramas donde se camuflaban los insectos palo de la inanidad. Ojalá les hubiera podido convencer de venirse con ella permanentemente, entrar en el Gobierno, pero todos ellos tenían su propia vida profesional ajena a la política y al contrario que Marga, eran lo suficientemente conscientes de que la estupidez terminaría marchitándolos y aburriéndolos. O sencillamente, ella no lograba las palabras mágicas que les hicieran saltar y dar el paso, como hicieron con ella en aquella cafetería. O simplemente, eran menos románticos que ella.

Esa mañana, seguía pedaleando furiosamente por la irritación que la producía el recordar la reunión de ayer. En realidad, la reunión era un Mcguffin, su furia estaba siempre orientada a la estupidez humana. Las manifestaciones eran variadas, pero eran siempre variaciones sobre un mismo tema: un montón de gente con miedo por su futuro, intentando mantener un status quo que ya no volvería, y que ella no podía cargarse de golpe por razones variadas, desde contratos, pasando por compromisos, y donde no los había, estaba la lógica inapelable de que no puedes entrar como un toro en una cristalería en ninguna parte sin alienar por completo a toda una estructura que ha tardado años, a veces décadas, en cristalizar. Era perfectamente consciente de que era un cuerpo extraño en aquel partido, lo era desde el momento en que no participaba en la ceremonia del abrazo a la ideología y al paquete-todo-incluido al que eran tan aficionados sus compañeros. Sabía que internamente le reprochaban no haber pegado carteles; no haber acudido a mítines infumables; no haber hecho las limpiezas de sable de rigor. Y a pesar de ello, haber saltado limpiamente por encima de ellos en la sagrada jerarquía.  No era una persona a la que le gustara el conflicto ni la confrontación, pero era perfectamente consciente de que cuando llega, no se puede evitar. La gente suele confundir evitar las confrontaciones estériles con cobardía, y el desentenderse de la estupidez con complacencia y asentimiento. Lo que en general, es una mala idea, porque alguien que realmente cree en lo que dice, triturará siempre dialécticamente sin piedad a alguien que defiende meramente una posición de poder. Si es que los argumentos sirven o han servido para algo alguna vez en una discusión.

Obviamente Mara era pieza de caza mayor para los lacayos del poder desde el mismo momento en que el aparato del partido hizo pública su decisión. Ella era la apuesta del anterior presidente, un tipo que aún conservaba cierta influencia, y eso a los cachorros de la facción que aspiraba a hacerse con la tarta no le hacia ni puta gracia. A pesar de que lo habían intentado mil veces, ella no tenía puntos débiles. Su exmarido era una persona razonable, mantenía una relación afable con sus hijos, dónde nunca había metido mano en la caja ni se había dejado sobornar, era completamente ajena a las tentaciones del poder, y tenía un currículum sin maquillajes y labrado a golpe de talento reconocido por todo el mundo. Es difícil intentar sacar una piedra de sitio sin un punto de apoyo. 

Si acaso, se le podía achacar su afición al heavy metal en lugar de ser aficionada a los crooners de turno, y lo poco aficionada que era a labores de protocolo. Incluso era víctima de las socialités y de la prensa del corazón por su pretendido desaliño a la hora de representar al país, pero el tema no le podía traer más al pairo. Había llegado allí por la fuerza de su cerebro y todo lo demás, pensaba, era irrelevante. Alguna vez había vestido alguna pieza de un modisto español, pero le hacía sentirse una modelo en un catwalk y creía que al final, iba en detrimento del mensaje que quería mandar: ella era una profesional de la gestión compleja, no un mascarón de proa del país. Para eso estaba la familia Real, tan divinos todos ellos. Con un bufido, emprendió el último tercio de la rutina, y su mente volvió a ese lugar donde solía volver desde que resultó elegida: a esas navidades que parecía que habían ocurrido en otra vida, pero que en realidad lo habían hecho hace tres años. Su mente viajó, como tantas veces, a la llamada que recibió aquel enero de 2023, y a aquel número oculto, que ignoró como es debido un número reiterado de veces hasta que decidió cogerlo, aunque solo fuera para decir al comercial que le dejara en paz. Al momento en el que oyó esa voz de mujer seca y contundente, y entendió que nadie quería venderle fibra óptica.

—Mara Cansino.

—Yo misma.

—La llamo del Gobierno español para un tema delicado. ¿Podríamos quedar en un sitio discreto para hablar?

La voz seca pretendió llamarse Marta (o eso dijo) y dio suficientes detalles como para que Mara entendiera que no era una broma. Quedaron en una franquicia anónima y ante unos cafés, le hizo una propuesta loca: El CNI quería montar un gabinete de gestores de complejidad. Sabían que gente como Dave Snowden había estado ayudando al NHS británico desde la pandemia del 2020, desde que vino a dar unas charlas para la Seguridad Social y alguien importante del CNI había recibido una discreta indicación de que habría que montar algo por el estilo. Habíamos dado una imagen bastante mala en la pandemia del 2020 a nivel mundial, y tampoco habíamos estado nada brillantes en el colapso de la seguridad de las comunicaciones en Internet derivado del backdoor en la infraestructura 5G que China había instalado. Había dado una vuelta por LinkedIn, evaluado varias personas, y la había elegido a ella. Querían a alguien con un sólido conocimiento  teórico, pero que no solo tuviera background académico, sino que tuviera experiencia en llevar la teoría al campo real. Y Mara había empezado a trabajar en el nuevo campo de la resolución de problemas complejos después de tener un sólido historial académico y en el circuito de charlas técnicas. El hecho de que conociera a Snowden, Cynefin y tuviera su propia red de expertos en complejidad a nivel mundial era un plus. 

La propuesta podía tener sentido pero Mara consideró muchas otras cosas. Llevaba un tiempo ya establecida con una cartera de clientes sólida, a pesar de que la disciplina era relativamente reciente (la pandemia de 2020 y la megacrisis económica que trajo ayudó mucho a que la gente entendiera su propuesta de valor), y acababa de pasar por un divorcio que si bien no había sido traumático, sí había sido doloroso. No tenía ningún interés en complicarse la vida, así que cuando rechazó la propuesta, no esperaba que Marta le golpeara donde más le dolía.

— Pero vamos a ver, ¿tú quieres solucionar problemas importantes de verdad o no?¿Vas a estar toda tu vida reinventando compañías de chicha y nabo para que los accionistas se compren su tercer Ferrari o quieres realmente ver si puedes ayudar a tu país?

(Ouch).

Todavía se ríe al recordar de qué manera tan sencilla la manipuló. En el fondo, no es tan diferente a como Steve Jobs convenció a John Sculley para que se uniera a Apple: “¿Te vienes conmigo a cambiar el mundo o vas a seguir vendiendo agua azucarada toda tu vida?” Estaba claro que una vez que había aceptado, lo primero era montar un equipo. Normalmente, esto debería ser una tarea titánica, pero Mara estaba acostumbrada a la orquestación cognitiva y era consciente de qué tipo de habilidades eran necesarias en un equipo de Complex Problem Solvers. Un par de meses después tenía el equipo core en su lugar y había creado un ecosistema de compañías españolas proveedoras que podían prestar servicios específicos de manera discreta. Transporte, abastecimiento, data, seguridad… Estaba hecha la base. Luego se fue añadiendo un grupo de gente joven y superdotados intelectuales reclutados de manera discreta en varios lugares. Una de las pocas exigencias que puso Mara encima de la mesa era libertad de acción y de pensamiento. Básicamente le daba igual si alguien decidía no aplicar las conclusiones a las que llegaran, pero sí que no admitiría compromisos a la hora de exponerlos y plantearlos. Y quería discreción. Funcionaban bien, era el equipo que se activaba cada vez que saltaba algo jodidamente complicado para no poder ser resuelto aplicando viejas recetas. Era robustos, lo demostraron ventilándose el control de la última crisis financiera, que hubiera sido previsible si los spindoctors hubieran hecho caso de los indicadores con un paquete de medidas que hicieron saltar chispas en el partido pero que Mara consiguió llevar a la práctica, o con el brote número veinticinco de la epidemia sanitaria causada por la ingesta de batidos proteínicos a base de abejas carniolas importadas de Eslovenia que produjo esa fabrica murciana descontrolada. Pero todo aquello hubiera podido predecirse, evitarse. Y la función de ese equipo iba más allá de poner paños calientes a las cagadas de otros.

Su gran triunfo, y su gran problema, vendría de otro sitio. Su equipo tuvo rápidamente encima de la mesa un escenario complicado de torear: una central nuclear había tenido un accidente imposible de predecir y comprender y su gestión se había convertido en una prioridad nacional. La gente que vivía en los alrededores estaba en pánico. Los informativos echaban fuego por la boca. El agua radiactiva había empezado a escapar por los circuitos del reactor inexplicablemente y el sistema estaba en estado crítico. Mara se desplazó en persona en el helicóptero presidencial para contemplar los estertores de la inmensa mole rugiente. Los técnicos habían conseguido parar la inesperada reacción en cadena, pero la explosión había hecho saltar por los aires parte de la tapa del edificio. Mara se acercó lo más cerca que la permitió el equipo técnico enfundada como una extraterrestre dentro del traje de protección nuclear rodeada por una nube de periodistas. Había algo divino, y algo infernal en todo aquello, pensó. En esa mole de tres cabezas construida por el hombre que resoplaba como una Hydra incomprendida. Pero de momento no se había encontrado ninguna pista sobre la causa del fallo. La presidenta insistió en que se estableciese línea directa de comunicación entre el gabinete y el equipo de ingenieros. No, no era necesario que intercambiase ningún tipo de saludo con el responsable de comunicación institucional y a las pocas horas estaba de vuelta. El gabinete estuvo trabajando furiosamente durante un día entero para entregar un informe detallado sobre cómo abordar la situación. 

— Par controlar la reacción no está controlada, hay que agotar el material y producir una cantidad suficiente de combustible fisible–masa crítica —decían los expertos—. Se podría parar la cascada con una inyección de Tritio. Solo había una solución.

Mara cogió el teléfono y pidió hablar con el viejo Elon. No se había intentado nunca. Claro que mandaría a sus mejores expertos de EnergyLink. Se intentó. Sí el tritio enriquecido con material lunar estaba a su disposición.

Mara, exhausta, se fue a la cama y cuando despertó veinte horas después se encontró con dos mensajes: uno era de sus superiores en el CNI, indicando que se iba a seguir el curso de acción sugerido por su equipo. Otra era del presidente del Gobierno, agradeciéndole personalmente sus desvelos.

Pero el problema apareció un mes después, cuando el periodista alemán que había seguido la noticia del exitoso caso de la gestión del accidente en la central publicó en su medio que España había acudido a un grupo semi-secreto de expertos en complejidad para abordar el problema. El reportaje estaba adornado con dos fotos de Mara, una obtenida de LinkedIn y otra obviamente obtenida en las puertas del CNI con un teleobjetivo. Idilio a la vista ¿Qué hay entre la presidenta y el viejo magnate Musk? Aquello fue el acabose. ¡Aghh! Llamadas y llamadas de medios de comunicación, locales y extranjeros para que acudiera a hablar de lo que se hacía en el departamento. Su vida, expuesta, y su tan querida discreción, hecha pedazos. A su marido tampoco le hizo mucha gracia. Es por los niños, dijo. Le dieron ganas de vomitar.

—¿Quiénes eran esos supuestos expertos nombrados a dedo por la Presidenta? ¿Cómo consiguió que le prestasen el Tritio lunar? ¿Cuál es el auténtico precio del favor?

El CNI se tomó su dimisión mal, como era de esperar, pero ella no podía soportar ese escrutinio al que iba a ser sometida y el hecho de que comprometiera el cometido inicial del grupo. El grupo podría seguir funcionando discretamente sin ella, y ahora mismo era ruido en el engranaje. Era la salida más lógica. La intentaron convencer, le hicieron ver que era complicadísimo lo que habían logrado, que era una lástima tirar por la borda todo ese tiempo y esfuerzo, que el tiempo pondría todo en su sitio…Pero no, no era una persona que hubiera buscado estos efectos colaterales. La nausea le estrangulaba la cabeza. No tenía ganas de estar en el candelero por las razones equivocadas. Había un cierto porcentaje de periodistas honestos y realmente interesados en su punto de vista, pero la mayoría estaban interesados en trivialidades y su vida privada. No tenía ningún interés en convertirse en portavoz o santa mártir de una serie de causas que amaba, pero que no se sentía con fuerzas de defender delante de una sociedad que históricamente no le había mostrado más que incomprensión. 

Sin embargo, el problema peor fue volver a su vida pasada. Sobre el papel no era así, a pesar de que se le había complicado un poco la vida dado el hecho de que ahora era un personaje público, por otro lado su teléfono hervía con propuestas profesionales con un montón de clientes profesionales deseando probar su “magia”. Posiblemente la mitad de ellos habrían declinado hacer nada con ella antes del éxito en el caso de la central, incluso habría tenido que aguantar alguna cara de pez en medio de una explicación sobre lo que hacía, pero esa es la magia del éxito pasado: llega donde no llega el raciocinio. Ella sonreía pensando que cada problema era completamente distinto y que no obtenía ningún tipo de experiencia replicable para el futuro, pero tenía claro que, si no habían llegado allí razonando, no iban a salir de allí razonando. No hay como un poco de halo para engrasar las puertas más atascadas.

No, lo peor era el hecho de que había probado la droga de solucionar problemas complejos relevantes y había tocado con los dedos el cambiar la vida de gente de verdad. Había tocado con la punta de los dedos lo que significa tener la capacidad de cambiar las cosas. El potencial de cambiar las cosas no era suficiente, pensar o decir que “si tuviera la ocasión haría esto y lo otro” puede contentar a gente en la barra del bar y taxistas con ganas de charla, pero ella había probado el néctar de los dioses. El néctar de la acción. Y ahora se lo habían quitado. Y como en la anterior ocasión, fue otra llamada la que le sacó del atolladero

—¿Mara Cansino?

El partido estaba mal. Participaba de lo que era un descrédito generalizado de la clase política entre la ciudadanía, y años y años de cultivo de la mediocridad rampante le habían descapitalizado por completo de nada vagamente parecido al talento. La gente estaba terriblemente desencantada y el partido estaba en ruinas. Los afiliados se estaban dando de baja en masa, los fondos gubernamentales habían sido magros acorde al lamentable resultado electoral, el parlamento era un pisto ingobernable con múltiples propuestas minoritarias y la situación era calamitosa. Así que habían decidido dar un paso al frente e intentar reclutarla para ponerla al frente del proyecto. La idea cayó en las estructuras del partido como una bomba, y multitud de síseñores protestaron por sus muchos años de servidumbre y tragaderas fueran saltados de una manera tan olímpica, pero una serie de encuestas dejaron rápido claro una cosa: Cualquiera de los agradadores tenía un índice de aceptación por debajo del 5% por los potenciales votantes, y en las listas de “gente a la que le gustaría ver al frente del partido” había un nombre que se repetía en un 43% de las ocasiones: el de ella. Y allí estaba de nuevo, esta vez un hombre, intentándola convencer de una idea descabellada. 

Al principio la idea no le pudo dar más aprensión. Había huido de un proyecto que le gustaba por que no le gustaba la exposición a la que se iba a ver sometida, y de pronto le estaban proponiendo saltar de la sartén a las llamas. Pero cuando ya tenía mentalmente construido el discurso con el que le iba a mandar a paseo, de pronto volvió esa sensación familiar de cuando sabes que te están manipulando, pero no puedes evitarlo:

—¿Se imagina lo que podría hacer si resultara elegida? 

Luego siguió toda una retahíla de posibilidades, de caminos, de admisión de errores, un panegírico triste. Pero el veneno ya había sido inyectado, los huevos depositados debajo de la piel. Todo fue rebozado con las tradicionales promesas de centrarse en la gestión, ignorar la política, ignorar el pasado… Como buen político, sabía perfectamente qué golpes hacían daño, y le trabajó el hígado a base de bien.   

Los siguientes dos años fueron un torbellino de sensaciones, de peleas con los barones, con la cultura, con absolutamente todo. De traiciones, de navajazos con lo que quedaba de la prensa después de su megacolapso, de conocer a gente asquerosa. Pero también de aprender. De aprender cuales son las palancas del poder. Las de verdad. Y aprender siempre se le había dado bien. 

                                                                                   II

Una vez duchada y arreglada, intentó poner todos esos pensamientos detrás de ella. Después de todo, eso no iba a ser ya su problema en breve. Se había hartado de la increíble cantidad de energía que había que dedicar a estupideces, a complacer a colectivos egoístas, a intentar discutir con gente cuya ideología le dictaba a su cosmovisión y que eran impermeables a cualquier dato objetivo o cualquier raciocinio. Estaba agotada de ver a gente beligerante con el status quocuyo único objetivo real era convertirse en status quo. En general estaba harta de constatar que aquello era un auténtico marasmo de mediocridad intelectual y personal, y que la gente que realmente acudía a la llamada del servicio público terminaba yéndose discretamente, como ella pensaba hacer. Su carta de dimisión era neutra, sencilla, sin alharacas, sencillamente exponía su agotamiento y su racional de que creía que era el momento de dejar el paso a gente más preparada, -que es la versión políticamente correcta de decir que consideraba que había gente con el suficiente ansia de poder como para poder tragar con toda esa basura que a ella se le hacía bola en la garganta . Creía recordar que no era el primer presidente del Gobierno que dimitía, pero le daba exactamente igual no ser la primera en algo, después de haber sido la primera mujer presidenta, entre otros muchos hitos. 

Al pasar al lado de su mesa de trabajo, reparó en un sobre manila depositado en la parte de arriba de los memos diarios y los dossiers de prensa. Estaba marcado con las palabras “Confidencial – Presidencia”. No era usual. Así que la curiosidad, esa tradicional asesina de pequeños felinos, le impelió a abrirlo. Leído por encima, parecía una especie de gárgara extraña sobre una señal percibida en Robledo de Chavela bastante inusual. Donde varios radio-astrónomos coincidían en que no podía ser un patrón aleatorio, que se repetía de manera periódica y que se concentraba alrededor de un exoplaneta localizado en la estrella de Teegarden, una enana roja a tan solo 12,5 años luz de la tierra. La pupila de su ojo derecho se dilató y el parpadeo cesó por un minuto largo mientras se leía todo el informe con avidez. Pedían instrucciones. Toda la cadena de mando se había deshecho del problema hasta que terminó en su mesa. Por fin llegaba como caído del cielo: otra pizarra en blanco, otro sitio al que no aplicar reglamentos mohosos, donde lo que contaría sería la pura potencia cerebral, la orquestación de habilidades disjuntas, la gestión de escenarios desconocidos.  Abrió un cajón y metió allí en el fondo un sobre que podría estar una temporada más sin abrir. 

Comienza el juego. Otra pizarra en blanco, esta vez cortesía de Mr. Musk.


Portada: Basada en Barbarella, de Susi Pator (dominio público)