La economía del oso polar

Nina Evans

RETINA 2120.

El ronquido colectivo de la ciudad aplastaba nuestros sueños contra el suelo como si fueran cucarachas. Había que quedarse hibernados la mayor parte del día para evitar el riesgo de contaminación entre humanos, rebajar el consumo de oxígeno para garantizar las reservas de aire y controlar las emociones. Dormir, dormir tanto como fuera posible. Esa era la consigna del gobierno de Retina, que acaba de decretar un nuevo periodo del Oso Polar.

Nos quedaban varios meses de congelación y la única opción para la gente que no quería dormir tanto, era consumir sus horas libres en alguna de las neo-redes de la multirealidad. Siempre que tuviese los puntos suficientes, claro. Pagabas para conectarte a una sala virtual de sueño colectivo y listo. Siempre pasaban películas buenísimas que te dejaban K.O. en un momento: te dormías como un bebe si te fusionabas dentro de Meg Ryan cuando Tom Hanks la abraza en lo alto del Empire State. A Pam y a mi nos encantaban esas películas antiguas de hace más de un siglo.

Lo que de ningún modo podía consentirse es que la gente volviese a llenar las calles y la contaminación humana se volviese a disparar como cuando la gente se tiró a las playas y empezaron a aparearse entre ellos a lo bestia. El amor, nadie había conseguido aún extirpar ese residuo conceptual metafísico y la gente perdía por completo el sentido colectivo y se lanzaba a hacer temeridades.

Si no tenían suficientes puntos los ciudadanos de nivel inferior podían pasearse por la vieja Internet, aunque allí solo había unas cuantas salas baratas de simulaciones carentes de toda sensorialidad, pero podían subir de nivel si denunciaban a la gente que pillaban en esos foros saltándose o criticando las normas, aunque esa chusma no valía nada porque casi todos estaban tendientes a cero en crédito social.

Cumplir, denunciar, reeducar, eso era fácil decirlo, pero con la conexión a las neo-redes a partir de los 10.000 puntos sociales lograrlo era bastante jodido. Te pasabas la vida haciendo las cosas bien y esforzándote para que luego te tratasen como a los básicos. Así que por las noches Pam y yo nos limitábamos a hacer meditación juntas en algún 4DLounge aprovechando la pausa entre la edición de la calabaza nocturna del Daily y la de las tres del mediodía, pero gastábamos tanto conectándonos a experiencias que se nos estaban acabando los puntos sociales. Luego, cuando ya habíamos consumido un montón de créditos, nos dormíamos, mientras Retina emitía su enorme ronquido de oso. 

El avatar del tipo de economía al que habían pillado in fraganti los del departamento de la neoverdad no apareció en el ágora virtual de la redacción del Daily. La jefa de informativos que se creía superior a nosotras por el simple hecho de pesar menos de cien kilos soltó la noticia:

—El departamento de la neoverdad ha decidido estrechar el cerco y os pido a todos que extreméis la prudencia, no queremos que nos cierren la redacción. 

Pam fue la que me puso al día.

—Se lo estaba buscando.

—¿Qué publicó exactamente? —pregunté.

—Dijo que los puntos no se podían vender.

—¡Pero eso es imposible!

—Eso pienso yo —dijo.

No es que Pam pensase mucho, la verdad, lo decía por decir. Pero lo que era verdad es que últimamente algunos de los periodistas del Daily habían empezado a protestar por lo que consideraban una medida mercantilista. Según ellos, los puntos sociales solo se podían conseguir por buen comportamiento y todo lo demás era discriminatorio.  Claro que, si no tenías bastantes puntos para conectarte a la multirealidad, lo único que te quedaba era la opción de las denuncias para demostrar buen comportamiento. Aunque el gobierno de Retina prefería que las cosas fueran diferentes. No. La gente tenía que hacer las cosas bien por sí misma.

Me estremecí, si dejaba de trabajar en el Daily no tendría manera de pillar ni un mísero punto y me tendría que pasar durmiendo todo el tiempo en el retromundo. Puf! A Pam y a mí apenas si nos quedaban unos miles de créditos. A pesar de eso, cuando se acabo la reunión, decidimos dar una vuelta por ChainaNet™ porque nos moríamos de ganas de ver a las especies recuperadas y a las nuevas quimeras genéticas. Era una pasada lo que podías encontrar en la sala carmesí: mamuts, patos de cabeza rosa, dodos… Esa sí que era una atracción selecta al alcance de muy pocos, un sueño, pero después de lo que me había gastado en que me implantaran el chip biométrico 12G de conexión permanente tenía la cartera de puntos temblando, así que fue Pam la que pago mi entrada a la atracción genética.

—Te los devolveré en cuanto cacemos algo sustancioso.

—Las amigas están para eso, no hay prisa —contestó con esa voz dulzona con la que me hablaba siempre.

A veces Pam me parecía tan ingenua que me daba pena.

El plato fuerte de la atracción era una quimera de moa con cola de lagarto de un color azul ultramar precioso. Pero Pam y yo nos quedamos extasiadas acariciando a un enorme bebe de avestruz gigante cubierto de escamas. que te soltaba un escalofrío viscoso como una descarga eléctrica desde la raíz del pelo a la punta del dedo gordo. Y eso a pesar de qué nuestros guantes de transmisión táctil y nuestros viejos cascos de neuro-estimulación eran una antigualla barata de Sillicon Valley. Por lo que Pam y yo nos moríamos verdaderamente era por el nuevo traje sensorial de SensoCell desde que se lo vimos a la jefa de informativos del Daily: 

—Es una maravilla que te chuta la descarga de oxitocina directamente a la amígdala, una auténtica borrachera sensorial —decía la muy pedante sin dejar de pavonearse en todas las reuniones del ágora. 

Pero de repente se levantaron los de la liga animalista con las pancartas. Eran por lo menos diez o doce encapuchados con el logo del cisne negro en la nuca. Los de la liga estaban violando por lo menos tres de las reglas: asociación de más de cinco personas en lugares públicos; expresión de opiniones subversivas con alto potencial de daño social, y ocultamiento facial.  Pero a pesar de sus capuchas yo reconocí enseguida el avatar de Milo, uno de la sección de biociencia del Daily. Yo sospechaba de él desde que empezaron a filtrarse comentarios subversivos contra las leyes de depuración genética por todas partes. ¿Qué pretendes? Me dieron ganas de decirle después de leer su última pieza: ¿dejar que nazcan todos esos bebes sin ninguna posibilidad de sobrevivir y qué los ciudadanos sanos nos quedemos sin presupuesto para la conexión? ¡Por favor!, algunos periodistas novatos no tenían el menor sentido de la responsabilidad.

Hice una multiplicación rápida. A dos mil quinientos puntos por disidente, si cazábamos a todos los encapuchados de la liga del cisne nos podría suponer un saldo entre 25 y 30 mil puntos a cada una, lo que significaba acceso preferente a todas las hyper-experiencias de la multirealidad al menos durante un año y aun nos quedaría para un par de lentillas eyecom de 84K de resolución como poco, y con suerte, si nos los pagaban bien, hasta para un par de trajes neurales SensoCell.

—Si queremos los puntos tenemos que cogerles antes de que cualquier otro nos tome la delantera —le dije a Pam.

—Pero ¿cómo vamos a cazarles? —contestó, ella era lenta en todos los sentidos. Me estaban dando ganas de seguir sola. 

Esa noche me pase toda la reunión en el ágora sin quitar los ojos de encima al avatar de Milo. Tenía la cara cuadrada; el cuello ancho anclado en los hombros, y los brazos musculosos y tatuados. Le miré concentradamente los muslos y las pantorrillas protegidas por las grevas de cuero de su avatar de soldado espartano. Hubiera reconocido ese avatar en cualquier parte. Era uno de los del cisne.

Lo demás fue fácil. Le dije a Pam que mejor lo haría sola para no levantar sospechas. En una operación así ella solo podría ser un estorbo, no ponía atención a nada y dejaba pistas por todas partes. Así que rastreé el avatar de Milo por todas las neo-redes de la ultrarealidad usando la personalidad de una ghanesa que robé del repositorio restringido de identidades del Daily en el que la jefa guardaba las personalidades falsas que solíamos usar para las investigaciones delicadas y al que Milo no tenía acceso.

Me la jugué con la jefa, pero la cosa merecía la pena y necesitaba esconderme, y bien, para que el tipo me dejarse entrar en sus zonas.

Finalmente le encontré en SensoMeet. Imaginé que no iba a ser fácil enlazarle para tirarle de la húmeda, así que decidí entrarle suave. Las redes de encuentros de sexo psíquico no eran lo mío, la verdad, pero investigue a conciencia todos sus registros para hacer que se fijase en mi y reaccionó a la primera fotografía de la ghanesa que no estaba tan mal. Además, la había tuneado de Persefone y había quedado bastante seductora.

—Sonrisita.

—Sonrisita.

Decidí probar con un poema de Rubén Darío. El retorno poético era tendencia entre los disidentes y funcionó:

— ¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello al paso de los tristes y errantes soñadores? —escribí.

Unos instantes más tarde me llegó su respuesta:

—¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, tiránico a las aguas e impasible a las flores?

Funcionaba. Sintonía.

Así que empezamos a escribirnos a menudo. Estaba claro que al tipo le iba la marcha poética y que iba a ser una buena cacería.

—Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas, escribí unos días más tarde.

Y él: 

—Y un cisne negro dijo: «La noche anuncia el día». Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal! ¡La aurora es inmortal!» ¡Oh tierras de sol y de armonía, 
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!

No había duda ninguna, pertenecía a la liga del Cisne Negro y además había leído a Rubén Darío.

El caso es que el tipo tenía gracia y empezamos a charlar bastante por las noches y casi me dio pena cuando conseguí que me abriese el acceso profundo a su perfil para conseguir las pruebas: aquello era una mina llena de fotografías y textos comprometedores. Y sí, allí estaban los artículos contra la depuración genética que habían traído al gobierno de Retina de cabeza. 

El departamento de la neoverdad no paraba de subir las recompensas contra los divulgadores de noticias antisistema. Solo con los puntos que me iba a traer esa presa tenía los créditos de los próximos años asegurados, calculé, pero tampoco quería equivocarme, y, qué diablos, el tipo tenía su gracia, y estuvimos charlando algunas semanas más mientras yo recogía pacientemente las evidencias. Lo que más me gustaba era debatir con él de filosofía. El tipo había leído, no era como los otros brutos de la redacción, y tenía unas teorías bastante extrañas sobre el derecho a la vida, que según él no podía interrumpirse en ningún caso…la gente tiene teorías para todo.

—Con lo que cuesta mantener la vida de un débil genético podrían costearse cuatro o cinco satélites nuevos de mínima latencia —le dije un día que no podía contenerme en uno de nuestros particulares infodumps. Y me arriesgué, porque él podía darse cuenta de que yo no era para nada un cisne.

Pero él siempre tenía alguna respuesta. 

—Mira, princesa —dijo—, con ese razonamiento, tú y yo hace tiempo que no estaríamos aquí.

No recordaba que nadie me hubiese llamado nunca así, princesa.

Después de unos pocos encuentros en SensoMeet, Milo me contó la campaña mediática que estaba preparando a favor del retorno del amor físico. Aquello sí que era una bomba, mucho más grave que la campaña contra las quimeras genéticas, y las protestas contra el control de los nacimientos. Sus palabras me entraban a través del casco telepático al hipocampo tan directas como un chute de LSD o un trago de absenta. Ese tipo tenía la capacidad de marearme.

—Pronto sabrás de lo que te estoy hablando, princesa —dijo. Pero en ese momento mi casco se llenó de interferencias y perdí la conexión con Milo y, bueno, ya sabéis como se siente una cuando le pasa eso en mitad de un encuentro.

Amor físico. 

Sobre eso eran los nuevos bots subversivos que estaban preparando los del cisne, partidarios de la vuelta sin reservas al retromundo. Una campaña diseñada para bombardear a la población de Retina masivamente acusando al gobierno de ocultarnos los hechos auténticos, porque en realidad hacía tiempo que se sabía que no había ningún peligro en que saliésemos de la ultrarealidad y volviésemos al mundo físico. Y los de la liga del Cisne, capitaneados por Milo, estaban dispuestos a bombardear a toda la población con sus falsas denuncias utilizando un algoritmo genético conductual de alta precisión. 

El Manifiesto del Cisne Negro era una incitación a la desobediencia extrema. Los del cisne estaban decididos a rasgar las corazas de polímeros vegetales anti-contaminantes que protegían y aislaban los edificios del exterior para que volviésemos a salir a la calle, y ya tenían una buena batería de imágenes subversivas para la campaña: personas autenticas, nada de avatares, tocando la guitarra en las azoteas de sus casas y en los parques, amantes, besos y olores sensuales empezarían a infectar las mentes de todo el mundo, porque en realidad, como decían en sus proclamas, no había nada tóxico en el aire, y no era peligroso respirar, ni rozarse.  Era todo un bulo del gobierno para mantener a la población aislada y controlada. Y no, no era cierto que necesitásemos dormir tantas horas para limitar el consumo de oxigeno, había aire suficiente para todos fuera de las membranas protectoras de los edificios de Retina. 

El caso es que la noche en que Milo me descubrió todo el plan estuve dando vueltas en circulo como una tonta por mi cabina en el retromundo, incapaz de conectarme a ninguna parte. Mi cabeza bailaba de un pensamiento a otro. Era como si me estuviese empezando a infectar con todas esas ideas peligrosas que Milo susurraba en mi cerebro. ¿Y si los de la liga tenían razón y toda la protección no era necesaria?  

Estaba confusa, pero la cosa era que mis puntos seguían bajando, y ya no me quedaba mucho tiempo si no quería convertirme en una desconectada. Recuperé la cordura y decidí resolver la cosa cuanto antes, aunque primero quería despedirme de Milo en el concierto de otoño en cuatro dimensiones para socios de SensoMeet. Eso no me lo quería perder, aunque me quedase sin un mísero punto, y tuve que pedirle prestado a Pam otra vez: 

—Te los devolveré, ten un poco de paciencia. Ahora no puedo contarte nada, pero la caza va bien.

—Oyé, pero dónde te metes …la jefa preguntó ayer que por qué no habías venido a las dos últimas sesiones del ágora…

No la deje terminar.

—Deja de agobiarte por cualquier cosa, Pam, y ni caso a esa bruja.

Qué diantres, el avatar de Milo me molaba lo que más, con ese pedazo de cuello, y esos ojos suaves que parecían llenos de secretos, así que gasté en ese concierto la mayoría de los puntos que me quedaban. Pero antes me miré en el espejo que guardaba en el fondo de uno de los armarios: ¿qué gran estupidez era todo aquello del amor físico? Solo un romántico como Milo…

Después algo salió mal. Me acusaron de difamación, obscenidad, sedición y calumnia. Parece que algún canalla rastreo mi perfil autentico mientras yo me paseaba por SensoMeet con el perfil de la ghanesa, y me acuso de difundir noticias falsas contra el gobierno. Y luego empezaron a aparecer pruebas acusatorias contra mi por todas partes. Yo jamás había escrito todas esas declaraciones de mierda, pero mi huella genética estaba estampada en muchas de las proclamas subersivas y nunca descubrí quién pudo traicionarme. 

Me quitaron la conexión. Vinieron los de la brigada de control y me bloquearon el chip biométrico (esas cosas venían a hacerlas en directo). Entraban en tu cabina sin previo aviso y se aseguraban de dejarte completamente desconectada, y lo único que podías hacer cuando te convertías en un “apartado” era conectarte por una Wifi pasada de moda a un satélite de tercera a la vieja Internet de texto. Te condenaban a una vida peor que el más básico de los básicos, y eso después de haberte callado durante años sin decir ni pensar nada inconveniente.

Días mas tarde de que me desconectaran, Pam me mando un mensaje a mi viejo ordenador, la única conexión de mierda que me permitían tener. Dijo que iba a casarse con un tipo que había conocido en SensoMeet, y me mandó una foto embutida de su nuevo traje SensoCell rosa chicle, que le quedaba como un guante. Parecía cambiada y mucho más delgada. Se les veía en una playa del retromundo con agua verdadera, de las que solo se permitía el acceso a los millonarios. 

No parecía la misma al lado de Milo. 

Ilustración Adela Morán.