Houston, tenemos un estudio del futuro

Hay dos cosas que podemos hacer con el futuro, no necesariamente excluyentes: anticiparlo y crearlo. Lo hacemos de manera constante.

Pocas cosas nos preocupan y nos ocupan a las personas tanto como el futuro. De no ser así, no gestionaríamos agendas, no intentaríamos anticipar si lloverá o hará sol, no planificaríamos nuestras vacaciones o nuestra carrera profesional, no ahorraríamos y no invertiríamos en nuevas empresas de tecnología o en un plan de pensiones. Seríamos meros receptores pasivos de lo que está por llegar. Pero la realidad es que el tiempo y esfuerzo que dedicamos al futuro, es posiblemente tanto o más que el que dedicamos al pasado o al inasequible presente. El futuro nos interesa porque, como dijo Woody Allen, es donde pasaremos el resto de nuestra vida y porque, de alguna manera, creemos que está en nuestra mano hacerlo más habitable.

(Imagen Mike Hinge)

Lo sorprendente, dada esa preocupación y ocupación por el futuro que tenemos como individuos, es que nuestras sociedades no inviertan un mayor esfuerzo en diseñar el futuro. Hace ahora cerca de un siglo, H. G. Wells se sorprendía de que habiendo cientos de miles de personas que estudiaban historia, no existiera ni una sola cuyo trabajo a tiempo completo fuera estudiar el futuro. Y llamaba la atención sobre la falta de previsión con que la sociedad del momento se enfrentaba al progreso, maravillada por los avances de la ciencia y la innovación tecnológica, pero completamente pasiva ante sus implicaciones e incapaz de adelantarse a ellas. En un siglo, la situación no ha cambiado demasiado.

Sólo hay que pensar en la deliberada pasividad con que hemos contemplado la amenaza del cambio climático durante los últimos cincuenta años. Las posibilidades que nos ofrecen la ciencia y el desarrollo tecnológico hoy son mayores que nunca, pero también los riesgos y los retos a los que nos debemos enfrentar: la superpoblación, el envejecimiento, el cambio climático, la desigualdad, son problemas complejos que no podemos abordar con planteamientos simplistas, aplicando las viejas fórmulas del pasado. Esto es lo que hace particularmente interesante y oportuna la reflexión sobre la manera en que debemos contemplar el futuro. Si hace un siglo Wells demandaba profesores de futuro, hoy más que nunca, nos hacen falta profesores, investigadores y exploradores de futuros.

Estudiar el futuro es, no obstante, una tarea extraña. La semántica del término "futuro" es engañosa. A diferencia del pasado, no podemos enviar a nuestros exploradores en busca de trazas o evidencias en los restos arqueológicos o en los libros por la sencilla razón de que el futuro no existe. En consecuencia, nuestra mejor herramienta para indagar sobre la realidad, el método científico, resulta strictu sensu inaplicable. Ciertamente, podemos formular hipótesis sobre lo que está por venir, pero no podemos diseñar experimentos que nos permitan refutar su validez hoy. Cuando nos referimos a los estudios de futuros como una disciplina o conjunto de técnicas de carácter científico, nos movemos en un terreno filosóficamente pantanoso. Por otra parte, es evidente que las acciones que tomamos hoy o nuestra inacción influyen en el devenir de los acontecimientos futuros.

En este ensayo que se nos cayó de las manos hace ahora un año, argumentamos que hay dos cosas que podemos hacer con el futuro, no necesariamente excluyentes: anticiparlo y crearlo. El futuro no se puede predecir, pero es posible navegarlo mejor, imaginar y anticipar futuros alternativos posibles, analizar su plausibilidad y acordar cuáles de esos futuros son preferibles. Y es posible invertir en la creación de algunos de esos futuros. Lo hacemos constantemente. La pregunta que nos planteamos es: ¿lo hacemos de la mejor manera posible? ¿Tenemos las herramientas necesarias para una acción colectiva eficaz? ¿y justa?

Si no sabes a dónde vas cualquier camino te llevará

Lo hemos repetido hasta la saciedad. Ya es hora de que te hagas con un mapa para orientarte.

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